Capítulo 7: Inspira-té

Por María Ripoll Cera.
Ilustración: Andrés y Lucy de Wabi-Sabi Lab
Imposible que me citen en Gracia y desconozca el local, piensa Mariana al cerrar el móvil. Tomate, vaya nombre. Mira la hora: las seis y media. Le queda media hora de calentar la silla.
Lleva un buen rato sin trabajar porque Francisco hace pruebas en los servidores y les cuelga su trabajo sin avisar. Cuando protestan echa la culpa a los servidores, que ya son viejos, insiste con retintín. Pero todos sabemos que no tiene qué hacer y juega con ellos, se dice Mariana, voy a buscar una buena revista en isuu.
A las siete en punto sale Francisco por la puerta del zulo, con su ordenador al hombro y sus gafas de sol, moviendo los labios en señal de despedida. Marc le envía un avión de papel con la frase “buenas tardes” en una de sus alas, pero el avión prefiere aterrizar bajo una silla. En fin, una tarde muy productiva.
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De la calle Torrijos no suelo bajar más allá del Verdi, y mira por donde, a tocar con Travessera de Gràcia, es Toma té y no Tomate el nombre del local donde he quedado con Lucy y Andrés -se congratula Mariana de su buena suerte-. Parece que hayan leído mi estado mental.
Entrar en el mundo del té es abrir la mente a la calma, y por tanto a la inspiración. Cuando uno detiene a las prisas, capta el verdadero mensaje del momento que está viviendo. Por ejemplo, los dedos creadores de Andrés, la primera de mis impresiones.
Una chica beige, casi mimética con esa tienda de tés y libros, me invita a conocer diversas variedades. Empieza por Rooibos, puagh, ¿lo habéis probado? No, gracias. -Uno de frutas, quizás-, continúa. No, esa mezcla en el té no me convence. -Probemos con especias, entonces-, invita, amable. Pero no, un simple té verde.
Déjate inspirar, me sugiere Andrés, casi me impone con suavidad. ¿Vas a perderte esta oportunidad de un buen momento?
La prisa corre todavía por mis venas, es verdad, soy consciente. Elegir rápido, qué más da uno que otro.
Tomo aire por la nariz, ¡cómo huele la tienda! Y pienso que inspirar es eso, aceptar lentamente sensaciones que están ahí fuera, en el mundo. Pienso que si nos dejáramos inspirar más no cesaríamos de crear cosas nuevas.
Los ojos de Lucy son plácidos. Creo que ven lo que siento.
La camarera trae una tetera de hierro. Me parece una contradicción, pero en seguida pienso que la publicidad nos ha acostumbrado a la porcelana y que vete a saber cómo toman el té realmente en Asia. Qué pregunta tan extraña: qué recipiente le pega al té. Pienso que ahora mismo podría ser diseñadora industrial.
Andrés nos sirve el té a los tres. Yo me dedico a eso, me dice, a inspirar. Estudio las tendencias, intento entenderlas y convertirlas en acciones. Da igual que se diluyan como el vaho de esta tetera, lo que importa es que germinen en nuevas ideas. ¿Te has preguntado qué sería de tus días sin cosas nuevas?
La boca de la tetera rompe una taza al servir una segunda ronda. Quizás después de todo una tetera de hierro sí es una mala idea. La realidad es testaruda. Es imperfecta, me corrige Lucy, te invito a conocer el concepto de wabi-sabi.
En la mesa contigua se sienta una chica que trata al móvil como a una vieja sorda. La realidad es estridente y bruta. Pero el té de hoy, quizás, sea una idea de mañana.
¿Usas la calma o la hiperactividad para inspirarte?












[...] Por más que os invito a pecha-kucha, os hago llegar la inspiración, no sale nada bueno de vosotros. Estáis robándome capital intelectual −Celia inicia la reunión [...]
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