Capítulo 14: Manual para ir a congresos

Ilustración: Insanewen
Se moría por un café con leche pero la gente estaba ya de tapas y le daba vergüenza, así que entró directamente en el palacio de congresos. A esa hora estarían acabando las últimas sesiones de la mañana. Ojearía stands o, con suerte, encontraría alguna pantalla retransmitiendo fútbol.
Le dieron la maletita mientras le realizaban la identificación, que se negó a ponerse al cuello cuando vio que se habían equivocado y le habían puesto Marc Icorto. No tenía del todo claro que fuera una equivocación. Pero la necesitaba para acceder al recinto, así que le dio la vuelta y se adentró, envuelto en una triunfal música imaginaria.
Detrás de una columna abrió la maletita en busca de bolis y la abandonó en el suelo. Fue entonces a la cafetería, a por su café con leche, y trató de organizarse la tarde con el programa del congreso. Mmm, difícil decisión. Le interesaba el taller de ‘Epistemología de las redes sociales’, pero coincidía con el de ‘10 razones para iniciarse en social media’. A continuación se iba a apuntar seguro a ‘Cómo reconquistar al cliente 2.0′, para acabar la tarde con ‘Marketing electrónico en 3 pasos’.
En la mesa contigua, una ejecutiva joven parecía realizar el mismo proceso que Marc. “Si me atreviera a abordarla —pensó éste—, como antes, que se iba a los congresos a ligar”. Aprovechó para ponerse en marcha y al pasar junto a ella le dirigió su mejor sonrisa. Ella lo miró por un segundo con apatía y siguió a lo suyo, sea lo que fuera.
El primer taller no le defraudó. Las razones eran contundentes, iba a tener que explicarle unas cuantas a Óscar, seguro que lo pillaba en falta, tanto misterio en su trabajo, pero el segundo lo dejó inquieto. El ponente tenía a su espalda una gran pantalla en la que se iban bajando frases. Algo parecido le había visto manejar a Óscar, pero era la primera vez que podía fijarse a conciencia. La mayoría eran un eco silencioso de lo que exponía el ponente, la misma frase se repetía hasta 10 veces, hasta que llegó el turno de preguntas y aparecieron un par. ¿Era esto el famoso Twitter en eventos? ¿Para esto tanto ruido?
Celia le había hecho prometer que repartiría tarjetas de la agencia, “que le había enviado a hacer networking” habían sido sus exactas palabras, así que se metió medio paquete en el bolsillo de la chaqueta y salió de la sala dispuesto a dar caza a todo el que pillara a tiro. Dio la tarjeta a tres jóvenes que estaban conversando, que las cogieron sin dejar de hablar entre ellos, en inglés. “Beautiful agency”, les remarcó Marc, señalándolas, lo que provocó comentarios risueños entre ellos. “Vale —les dijo Marc por lo bajo—, por si acaso, vuestras novias os la están pegando”. Pilló a unos cuantos hablando por móvil a los que les puso la tarjeta en la mano libre, señalando con el pulgar hacia arriba en señal de enrollado. Y abordó a un chico solitario, que resultó ser informático. No conseguiría nada por aquí.
La chica del bar charlaba con otros tantos ejecutivos, seductora. ‘Por mis huevos que la abordo —se dijo Marc—. Al fin y al cabo estoy lejos de mi ciudad’. Se acercó resuelto y le puso su tarjeta delante de los ojos, cortándole su risa. “Un vendedor de alfombras —dijo ella sin inmutarse—, lo siento, pero ya tengo felpudo”, le puso mala cara y siguió hablando con sus compañeros, que se habían quedado demudados. “Por si queréis limpiarlo”, les dijo Marc, al tiempo que les entregaba también una tarjeta y se alejó de allí con su sueño hecho añicos.
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La mañana siguiente fue rica en matices. ‘Nuevos tiempos para la comunicación’ y ‘La era de la interactividad’ aportaron sutiles añadidos al día anterior. Las pastitas del desayuno le pusieron de buen humor pero le impidieron repartir más tarjetas por miedo a pringarlas. Pero la última sesión antes de la pausa de mediodía, en el salón plenario… fue sorprendente de veras.
La pantalla de twitter adquirió vida propia. El incauto ponente no podía ver cómo ciertas frases que bajaban con rapidez negaban sus afirmaciones e incluso incluían enlaces para refutar sus palabras. Más bien debía estar encantado viendo el repentino interés que inspiraba en el público. Pronto las refutaciones pasaron a ser críticas, cuando no abiertas burlas, y hacían crecer al infeliz ponente cuanto más subían de tono, porque el ambiente se caldeaba como nunca. La hora de las preguntas fue muy agresiva, a todas luces descolocó al ponente que no entendía esa contradicción con el éxito de su conferencia. El ambiente le hizo pensar a Marc en el felpudo de la ejecutiva. ‘Jopé, si no era capaz de ligar ni en un congreso, tendría que meterse en un singles de una vez. Ahí sí le gustaría repartir tarjetas de Celia, la jefa. Lo peor es que, hoy, tendría que comer de nuevo solo’.
El informático se le acercó y le ofreció ir a tomar juntos un bocadillo. Había visto en su tarjeta que trabajaba en una agencia y quería explicarle un par de ideas sobre cómo segmentar bases de datos. A la hora del café Marc lo habría cambiado con gusto incluso por el grupo de guiris del día anterior. Le dio el teléfono directo de Celia para que le explicara sus propuestas. Fue su buena obra del día. La ejecutiva se iba a quedar de plantón porque él, ya había tenido suficiente.
Entretuvo la tarde en el aeropuerto, eligiendo qué comprar en el duty free para el estudio y embarcó, cansado. Un guapo chico esperaba a la ejecutiva a la llegada, mientras que él tomó el Airbus, avanzada ya la noche.
¿Nos convierte Twitter en insolentes en los eventos públicos?












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